CUANDO CASI CONOZCO A CABALLERO
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Por Mico

Yo estudiaba periodismo en la Universidad de Antioquia y conocí la revista Alternativa; me encantaron las caricaturas de Caballero y las copiaba. Azuzado por mis compañeros de pupitre mandé cuatro o cinco dibujos y me publicaron uno: supongo que fue él. Una vez estuvo en la universidad y lo abordé y me le presenté y le di mi libro de caricaturas Lo mejorcito de Mico. Me lo recibió muy cálido. 

La segunda vez que lo vi fue en la Feria de Cali, a donde Tola y Maruja fueron como comentaristas taurinas, pero los directivos no nos dejaron entrar a la plaza dizque porque le quitábamos seriedad a la fiesta. 

En la salida de una corrida íbamos Sergio Valencia (Maruja) y yo en un automóvil y vimos a Caballero tratando de parar un taxi, misión casi imposible en ese momento. Lo recogimos en nuestro carro y lo llevamos al hotel. Nos invitó a un trago.

Estuvimos hasta muy tarde bebiendo y conversando y riéndonos. Yo, de la emoción, me emborraché, y al día siguiente no recordaba ni mu de todo lo que hablamos. Eso me dio mucho “guayabo” (pesar, en paisa). Qué berriondera no recordar una conversación con semejante lumbrera.

La segunda vez que lo vi fue en un coctel en Medellín, y hablamos toda la noche (o hablé yo solo, no sé) y también de la emoción y la timidez me emborraché. Pero sí recuerdo que lo llevé hasta el hotel. Al otro día también me dio guayabo no recordar lo que hablamos, pero me puse feliz: si se dejó acompañar hasta el hotel quiere decir que no lo empalagué. 

Después tuvo la amabilidad de aceptar que yo le organizara una exposición de sus bellas y dolorosas caricaturas en la casa de Tola y Maruja. Como todos querían hablar con él en la inauguración, yo solamente tuve la oportunidad de decirle medio en broma que me gustaría ser el editor de sus memorias.

Y la última vez que lo vi fue a principios de agosto, cuando lo llamé para pedirle una frase sobre el caricaturista Elkin Obregón, también fallecido este año, y me contó que se estaba paralizando. Le pregunté si podía visitarlo y me dijo que sí. Confieso que me daba cosa ir porque él hablaba muy pasitico y yo estoy muy sordo; o sea que sería un diálogo entre un sordo y un casi mudo. Entonces le pedí permiso para ir acompañado de mis amigos caricaturistas Betto y Chócolo. Le pregunté qué quería que le llevara: algún licor, un libro… y me pidió el libro de caricaturas de Elkin Obregón.

Estaba acompañado de una joven que lo atendía y que trataba de prender la chimenea a punta de periódicos. Nos reímos cuando la chica usó una hoja de El Espectador y quemó una caricatura de Betto. Al ver que la bendita chimenea no prendía me puse de metido y dije que había que iniciarla con palos delgados y cogí uno que estaba recostado en la pared. Traté de quebrarlo en la rodilla y Caballero dijo: “¡No, no!”. Yo entendí que no usara la pierna porque me podía lastimar y puse el palo en el suelo, lo pisé con el pie y lo quebré. Antonio refunfuñó molesto porque el palito que sacrifiqué era el que usaba para remover las brasas. 

Conversamos un buen rato al sabor de unos tragos, lo hicimos reír, nos preguntó nuestra opinión sobre la coyuntura política…Y aunque me hice a su lado para oírlo mejor y no me emborraché, esta vez tampoco supe qué dijo.

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