LAS MENTIRAS
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Por Antonio Caballero

Como es de sobra sabido, los gobiernos mienten. La mentira es una de las principales herramientas del poder. Tal vez sin llegar al extremo de Donald Trump, a quien el diario The Washington Post le llevaba la cuenta de sus decenas de mentiritas o mentirotas diarias, y ha acumulado en cuatro años de gobierno más de 25.000, todos los gobiernos viven de la mentira. En los momentos de crisis, como las guerras, los gobiernos mienten más. Así ahora, con la pandemia del coronavirus, están mintiendo todos al unísono, sean de derecha o de izquierda o religiosos o racistas o lo que sean. Mienten aquí en Colombia el presidente Iván Duque y su ministro de Salud. Mienten allá los presidentes o los primeros ministros de los Estados Unidos y del Reino Unido, de Venezuela y de la India, de Rusia, de Hungría, del Brasil, de la China, de Nicaragua, de España… Tal vez solo dos mujeres de Estado, Jacinda Ardern de Nueva Zelanda y Angela Merkel de Alemania, les están diciendo la verdad a sus pueblos respectivos en vez de refugiarse en un patriótico optimismo mentiroso y cínico. Como en la irónica cancioncita francesa, “Tout va très bien, madame la marquise”. Claro que no he revisado las políticas de salud de cada uno de los casi doscientos países que hacen parte de la Organización de las Naciones Unidas, pero estoy seguro de que con respecto al covid-19 (y a todo lo demás) todos mienten.

Escribió Napoleón Bonaparte, que bastante sabía de eso, que “la imaginación gobierna el mundo”. Y el historiador actualmente de moda, Yuval Noah Harari, está de acuerdo: los seres humanos se mueven por inventos imaginarios, como son, por ejemplo, los países. O, más exactamente, las naciones. Dice el general francés Charles de Gaulle al comienzo de sus memorias de guerra: “Siempre me he hecho una cierta idea de Francia”. Sentimental. Imaginaria.

En eso consisten los nacionalismos, que han sido históricamente tan dañinos.  O bien, ocasionalmente, tan salvadores de la civilización y de la libertad. Pero, en general, tan perjudiciales. En eso consisten los patriotismos, los chovinismos, los jingoísmos. El “America First” de Trump, el “Colombia Primero” de Álvaro Uribe, el “Deutschland über alles”, “Alemania por encima de todos”, de los unificadores alemanes que sigue siendo el himno nacional de Alemania, el “¡arriba España!” de los franquistas y hasta los delirios megalomaníacos de gobierno mundial con que sueña el exalcalde de Bogotá Gustavo Petro, que no tienen grito todavía. Supongo que también el “¡Juájuájuá´! o cosa así del general Zapateiro.

Y la ineptitud de todos.

Porque hay que ver cómo ha sido, en casi todos los países, la respuesta a la pandemia. Solo en sus gobiernos imaginarios les ha ido bien. Todos niegan la realidad, como niega Donald Trump todavía su derrota electoral (y, por supuesto, su estruendosa derrota de salud pública, con sus cientos de miles de muertos).

Y como ha sido la pretensión de todos, de derecha o de izquierda o de centro, monárquicos o democráticos o dictatoriales, de confundir a su régimen con las invenciones imaginarias de “la nación” o del “pueblo”.

De todos, digo.  De un payaso bufón, como el británico Boris Johnson con su peluca rubia sabiamente desordenada, o de un payaso triste como nuestro Iván Duque, con sus ojos inmóviles en la televisión y sus manos entrelazadas sobre la barriguita. Con lo cual vuelvo al principio. A las mentiras de nuestro payaso propio sobre los contratos, o “acuerdos”, como los llama él, sobre las compras secretas a varias empresas farmacéuticas de las vacunas para el covid-19.

El senador Jorge Enrique Robledo, ese Pepito Grillo de Pinocho que es la conciencia vigilante de la frágil democracia colombiana, ha denunciado y demandado al gobierno de Duque por el secretismo del gobierno sobre sus contratos, o sus acuerdos, con las farmacéuticas. Por ley, los contratos públicos del gobierno deben ser eso, públicos; es decir, conocidos por cualquier ciudadano que los quiera mirar. Deben estar abiertos a la inspección de quienquiera en una página web gubernamental de un organismo llamado Colombia compra Eficiente llamada a su vez Secop. Pero esta, en su sección sobre “adquisición de medicamentos”, no menciona sus contratos sobre las vacunas contra el covid-19 que, por lo que estamos viendo, nuestro país es el último del mundo en adquirir, y no digamos en distribuir, aunque el presidente Duque y su ministro de Salud hayan asegurado siempre que están a la cabeza de la defensa contra la enfermedad.

¿Por qué? El gobierno alega “reservas de confidencialidad”, que ningún otro país ha mencionado.

Esos acuerdos deben de tener algo raro que el gobierno no quiere que se sepa.

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