LA SONRISA PRESIDENCIAL
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Por Antonio Caballero

Mientras Donald Trump despide el año, y los cuatro de su desastrosa presidencia, en un charco de sangre (17 ejecuciones capitales en el último mes de su mandato, acompañadas del perdón presidencial para sus amigos delincuentes y la insinuación de que también va a perdonarse a sí mismo y a su familia cercana por los delitos cometidos o que puedan cometer), el mundo en general lo despide con un rayo de esperanza. Hay vacuna, varias vacunas de distintas empresas farmacéuticas y distintos países, para la peste del covid19; y se va Trump, aunque resistiéndose con patas y manos; y el nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, se compromete a volver a firmar por su país el Acuerdo de París contra el calentamiento global, del cual lo había sacado Trump. Y con ello le devuelve la sonrisa a los Estados Unidos.

Quiero decir: la sonrisa presidencial, que le inyecta optimismo a todo su país. Vuelve con Biden, que sonríe sin cesar: una sonrisa fija, como pintada con tiza en la cara. También sonríe, y más todavía, su vicepresidenta Kamala Harris. Es una tradición presidencial que había interrumpido Donald Trump, quien nunca sonrió en todo su período: hacía a lo sumo una mueca con los labios, impostada y despectiva, que en inglés no se llama “smile” sino “smirk”, y era más inclinado a mostrar solo los dientes inferiores en un gesto de rabia: lo contrario de una sonrisa. Pero el primero que había empezado a sonreír en público y para los fotógrafos había sido Woodrow Wilson, no sé si en razón de los avances de las ciencias odontológicas de principios del siglo XX. Porque todavía a finales del XVIII el primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, se abstenía de sonreír, no solo por no interrumpir su habitual pose heroica sino porque tenía caja de dientes. Tallada en marfil. Y se cuenta que no le gustaba su sabor, por lo cual la dejaba por las noches remojándose en un vaso de vino dulce de Oporto. Después no sonrió ninguno, que se sepa, durante todo el siglo XIX. ¿Alguien ha imaginado la sonrisa de Abraham Lincoln, que debía ser macabra? ¿O la sin duda feroz de Theodore Roosevelt?

Pero en la época de Washington, anterior a la fotografía, los pintores retratistas no solían pintar sonrisas. Si acaso risas, como Franz Hals o Goya. La sonrisa de la Gioconda de Leonardo es una excepción, y hay expertos odontólogos que la atribuyen a que también ella, como más tarde Washington, tenía una dentadura postiza que le forzaba su luego célebre gesto enigmático.

Volviendo a los presidentes de los Estados Unidos: fue muy famosa, en su tiempo, y muy fotografiada, la sonrisa de Ike Eisenhower. Se decía que tranquilizaba al país, asustado por los peligros nucleares de la Guerra Fría. “Sunny smile”, la llamaban: sonrisa de sol, rebosante de optimismo. También lo fue la de John Kennedy. Y lo intentó, sin conseguirlo, la de Richard Nixon, que era más bien amenazante. Luego vino la de Jimmy Carter, automática y por eso poco creíble, que parecía funcionar como un bombillo que se enciende o se apaga apretando un botón. Y la de Ronald Reagan, sonrisa de actor de cine con la que ganó la gobernación de California y luego la presidencia. Otros más, los dos Bush, Clinton, usaban la sonrisa presidencial obligatoria, Clinton con mayor éxito. Y luego Obama. Las sonrisas fingidas o poco convincentes han solido tener su condigno castigo: el presidente de turno que las usaba no ganó la reelección, como les sucedió a Jimmy Carter y a Bush padre, y acaba de pasarle a Trump.

Pero se acaba por fin, con el año viejo 2020, el mandato de los cuatro años siniestros que duró Donald Trump. Y ahora viene con el año nuevo la sonrisa de Joe Biden, un poco parecida a esas falsas sonrisas que se fabrican los niños con el revés de una cáscara de naranja. La actriz y cantante Cher la saluda comparándola nada menos que con la felicidad. Canta: “Happiness is just a thing called Joe” (la felicidad es simplemente una cosa que se llama Joe).

A ver si Joe cumple con las expectativas, o resulta ser simplemente una cosa.

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