LA MUERTE DE UN TORERO
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Por Antonio Caballero

Cuando muchos miramos, el toro ya tenía enganchado a Montoliú y lo agitaba en el aire un largo rato. Mucha gente se tiró al ruedo: toreros, areneros, tres o cuatro vestidos de civil. Y se lo llevaron entre varios corriendo por el callejón, doblado como un trapo.

El toro quedó en medio de la plaza, suelto y solo, negra la cabezota y el cuerno encorvado de grabado antiguo, tinto de rojo hasta la cepa. Manzanares lo citó por naturales por ese pitón de sangre, en el calor y el estruendo. Se veía un pequeño charco de sangre roja del torero corneado entre las rayas de picas. Tras un pinchazo y media estocada atrás, las mulillas arrastraron al toro cascabeleando, con las colas anudadas con lazos rojos y blancos.

Salió otro, porque nadie sabía bien lo que estaba pasando. Corrían algunos por el callejón, rumbo a la enfermería, y otros se devolvían. Pasaba un banderillero, con la calva reluciente al sol. Preguntaba uno:

  • Pepe, ¿has bajao tú?
  • Yo no, pero ha bajao Rafalito… —y desde lejos hacía un ademán en forma de bendición.

Abajo, los picadores, uno a pie, otros a caballo, organizaban una protesta laboral contra la reducción del peto y del peso de caballos. La cogida y la huelga. Un peón vestido de plaza, desmonterado, lloraba en un burladero. Nadie se movía, nadie se iba. Unos negaban la evidencia de lo que había visto: “No, qué va, qué va”. La plaza entera estaba en pie y en absoluto silencio. La rompió un vozarrón:

  • ¡Zi ze ha muerto, que ze zuzpenda!

Y otros:

  • ¡Calla, gilipollas!

El ruedo vacío, de cobre. En donde fue la cogida y se vio el charco de sangre, una mancha clara de arena limpia. Sobre un rumor de abanicos corrían nubecillas azules de humor del tabaco, sin prisa. Por fin alguien se desmayaba en un tendido, y los demás lo miraban, por distraerse.

Pasearon entonces por el callejón una pizarra en un palo con un letrero de tiza: “Suspendida la corrida por la muerte de Montoliú” Y a medida que el cartel avanzaba se iban alzando los tendidos y reventando en palmas, y había unos que lloraban y otros que no. Un arenero colocó la montera de Montoliú en el ruedo, y otro un ramo de flores tapando la mancha blanca que tapaba la roja del lugar de la cogida.

(Sevilla, 1992, Cambio16)

Esta columna fue publicada en 1992 en Cambio16

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