DUQUE Y LA HISTORIA
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Por Antonio Caballero

El presidente Iván Duque tiene una curiosa relación con la historia de su país, Colombia. Se nota que se la enseñaron en Washington. Y encima no la asimiló bien. Ustedes recordarán su insensata afirmación de que los “padres fundadores” de los Estados Unidos —Washington, Jefferson, etc.— participaron activamente en la liberación de las colonias españolas de América. Nada más contrario a la realidad histórica. En las guerras de independencia de las naciones hispanoamericanas los recién creados Estados Unidos apoyaron a España, como habían apoyado con armas a Francia unos años antes en la lucha de los esclavos de Haití contra los colonos franceses por miedo a que la libertad de los haitianos despertara contagios entre los esclavos de los Estados Unidos: los esclavos de George Washington, los de Thomas Jefferson. Todavía siguen en esas. No en balde escribió en una carta Simón Bolívar, como he recordado muchas veces, que los Estados Unidos “han plagado de miserias la América en nombre de la libertad”. En esas siguen.

Y ahora, en el curso de una “ofrenda floral” al libertador Simón Bolívar en la quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, donde murió, y con motivo (retrasado: se les olvidó a los de la Presidencia) de la celebración de su nacimiento —de su solemnemente llamado natalicio— el 24 de julio de 1783, Iván Duque vuelve a meter la pata. Por lambonería con sus amos del “coloso del norte”.

Cuenta Duque que Bolívar, en su escala en los Estados Unidos de regreso a Venezuela desde Europa, en su “anhelo” (palabra que usa varias veces: Duque es bastante repetitivo; y hasta me atrevería a decir que “contundentemente” repetitivo, para usar su palabra favorita), en su anhelo, digo, por la libertad, aprendió el principio, o el truco, de la tripartita separación de poderes de la “majestuosidad” (otra palabra) del gobierno de Jefferson, que en realidad Bolívar había tomado de Francia.

Una majestuosidad que el propio Duque, en su propio gobierno, no ha respetado: desde el ejecutivo ha comprado con mermelada al poder legislativo y ha hecho nombrar en el judicial a sus amigotes de la universidad. Para controlarlos. Duque parece un idiota: pero es vivísimo.

Pero además se atreve en su discurso a revelar el “verdadero pensamiento”, dice él, de Simón Bolívar. Muy lejano del bolivarianismo castrochavista de la revolución bolivariana de Venezuela. Bolívar, nos cuenta Duque, era “un hombre creyente en la economía de mercado”.  Repito: en la economía de mercado. Es decir, presciente, adivinador del porvenir, hasta el punto de creer en algo que no sería inventado sino cientos de años después de su muerte.  Dos siglos antes de que existiera el mercado, Simón Bolívar, asómbrense ustedes, era tan neoliberal como la señora Thatcher: el neoliberalismo es la verdadera naturaleza de las cosas. Sí, aunque un revolucionario, era Bolívar un conservador: por eso se desprendió de él ese partido.

¿Fue el libertador Bolívar también el precursor de la “economía naranja”? Probablemente sí. Sin duda había naranjos, y tal vez limoneros, en sus fincas de cacao de San Mateo.

Fue Bolívar, asegura Duque, también “un creyente en el debate sano de las ideas”. Aunque a mí me parece que Bolívar, tanto en su dictadura en el Perú y en el alto Perú llamado en su honor Bolivia como luego en Colombia, se inclinó más a imponer las suyas por la fuerza que a debatirlas sanamente. Como Duque ahora. (¿Para cuándo un país llamado “Duquia”? Salvo que se instale antes una “Petria”). Por esa inclinación autoritaria fue que otros autoritarios quisieron asesinar a Bolívar en la “nefanda noche septembrina”. Autoritarios que lo serían después. Cuando pudieron, como lo es ahora Duque.

Pues ese es el único rasgo que ha heredado o copiado Iván Duque de Simón Bolívar: la vanidad.

Pero claro: eso, todos.

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