DEMÓCRATAS Y LIBERALES
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Por Antonio Caballero

Murió el ex presidente Carlos Lleras y le dijeron de todo: gran demócrata, gran liberal, etcétera.

Hombre: no. Carlos Lleras estaba colmado de virtudes personales y políticas, y fue uno de los mejores presidentes que ha tenido el país (aunque nos dejó en herencia el Gobierno de Misael Pastrana, con todas sus consecuencias, Andresito incluido). Pero no era demócrata ni liberal, sino más bien todo lo contrario. La democracia consiste fundamentalmente en dos cosas: acatar las decisiones de las mayorías y respetar los derechos de las minorías. Y Carlos Lleras no hizo, cuando tuvo en sus manos el poder, ni lo uno ni lo otro.

Dos ejemplos. Se puede pensar que era bruena y saludable robarle a Rojas Pinilla su victoria en las elecciones de abril de 1970, en la famosa escena del reloj; pero lo que no se puede decir es que eso fuera aceptar la voluntad popular expresada libremente en las urnas. Y se puede pensar que era también bueno y saludable aplastar la protesta estudiantil y sindical, y que la mejor manera de hacerlo era mandar tanques a la universidad; pero no se puede decir que en eso consiste el respeto por la discrepancia legítima. Eso, en lo que toca al Carlos Lleras demócrata. En cuanto al liberal, menos aún. Es verdad que toda su vida usó ese rótulo partidista, pero precisamente de sus tiempos de más fiero “cachiporro” conservó toda la vida la menos liberal de todas las características imaginables: la intolerancia. Eso, en lo personal. Y desde el poder, lo mismo. No era el liberal en materia económica, sino que, por el contrario, fue siempre un intervencionista convencido. Y en lo político ha sido posiblemente el más autoritario de los gobernantes que ha habido en Colombia, sin excluir a los formalmente considerados dictadores. De manera que no: ni liberal, ni demócrata.

Eso no disminuye sus virtudes, que, como digo, fueron muchas. Pero crea malentendidos. Lo que pasa es que en Colombia tendemos a usar mal las palabras. Así como los periodistas escriben “el día anterior” cuando quieren decir “ayer” y “el año anterior” (¿a cuál?) cuando quieren decir “el año pasado”, porque les suena más elegante y a despecho de confusiones de tiempo que eso pueda acarrear, así también decimos “liberal” y “demócrata” sin tener en cuenta el significado de las palabras, y solamente por el prestigio de su ruido. Todo el mundo se llama demócrata, y todo el que puede se presenta como liberal, sean cual sean sus convicciones y actos. Trate el lector de encontrar en su memoria el nombre de un solo liberal colombiano y, con la excepción de Alfredo Vázquez Carrizosa, que se llama a sí mismo conservador, verá que no hay ninguno. ¿César Gaviria? ¿López Michelsen? ¿Name Terán? No, no. Es inútil. No hay. Y demócratas tampoco. ¿Rojas Pinilla? ¿Algún obispo? No. Es que no hay. Y sin embargo todos nuestros políticos, y hasta nuestros obispos, se llaman a sí mismos demócratas; y a veces por pura ignorancia, creen que lo son. Pero es sólo por el ruido. Cómo será la cosa, que cuando los comunistas colombianos quieren decir que alguien es partidario decidido de la dictadura del partido único lo llaman “una personalidad democrática”. Esa falta de adecuación lexicográfica es causa de graves confusiones, y así la hemos padecido a lo largo de la historia. Esa historia que llamamos “democrática” y que ha sido siempre exactamente lo contrario: basta con pensar que los casi dos siglos que llevamos de República han sido mucho más autocráticos que los tres precedentes, cuando este país era colonia de una monarquía absoluta.

Esta columna fue publicada en Cambio16 el 3 de octubre de 1994.

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