EL FEMINISTÓMETRO
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Por Ana Bejarano Ricaurte

Hace más de un año vi a la política española Cayetana Álvarez de Toledo decir algo con lo que me sentí del todo identificada. Me sorprendió, porque no había escuchado una sola opinión de la exportavoz del Partido Popular con la que coincidiera, hasta ese día que pidió: “A mi no me metan en un bloque monolítico, granítico, llamado ‘mujeres’, no me llamen a que tengo que pensar ni actuar de una determinada manera”. 

Y es que ese bloque monolítico se viene acostumbrando a graduar los niveles de compromiso, a proferir veredictos de cuándo son suficientes, congruentes, articulados y cuándo no lo son. Como lo explica Roxane Gay, a las feministas visibles se les pone en un pedestal, en el que no duran cinco minutos sin que las tilden de incoherentes e insuficientes.

El feminismo fue uno de los movimientos más importantes para la defensa de los derechos humanos de la modernidad, y lo sigue siendo, pero también llegó con la imposición de roles. Pasamos de tener que ser una buena mujer a una buena feminista. Entonces, cada tanto se inundan las redes sociales con briosos llamados a las voces públicas femeninas a la coherencia. “¿Cómo se deja decir así?”, “¿cómo puede pensar eso?”. La conclusión: “es que no es una verdadera feminista”. 

El problema con estos feministómetros es que pretenden imponer la visión personal de una mujer frente a la búsqueda por la igualdad, sobre otra. Por esa vía se desconoce que hay muchos tipos de feminismos, como los hay de corrientes políticas, personas y experiencias de vida. También depende de otros factores; por ejemplo, del acceso a privilegios, de la rabia y la manera de tramitarla para enfrentar a un sistema que nos reprime, infantiliza y silencia. 

Pero en la imposición de criterios se desconoce la agencia, la libertad para pensar y actuar como queramos. ¿Y acaso no se trata de reclamar el derecho de las mujeres a autodeterminarnos? También para que podamos elegir en libertad cómo usar nuestras voces e impulsar la causa desde nuestro rincón.

¿En qué momento empezamos a desechar o graduar las diferentes formas de asumir esta lucha? ¿Es más o mejor feminista la activista que sale a marchar por el aborto que la madre que se queda en casa y le enseña a su hijo a ver a las mujeres como iguales? 

Y creo, además, que la divergencia pública nos hace bien. Asesores en comunicaciones se la pasan pidiendo a las organizaciones líderes que peleen en privado. “Unidas se ven más lindas”. No estoy de acuerdo, por la sencilla razón de que, como dice Álvarez de Toledo, no somos un bloque monolítico. Puede ser cierto que en el disenso público entre feministas a veces salga victorioso el machismo, pero también invita a mejorar las estrategias y a contrastar los resultados que cada una produce. Y ante todo es ser fiel a la autonomía que reclamamos desde hace siglos.  

La idea de que solo hay unas formas aceptables de enarbolar las banderas de la igualdad de género es una manera autoritaria de sofocar el debate, de desconocer a las interlocutoras: “no eres realmente feminista, porque no lo haces como yo”. Y en esa eliminación de la otra ni siquiera hay disenso para construir.    

El feministómetro es un invento patriarcal y se parece al meme de “los talibanes se toman Afganistán, ¿dónde están las feministas?”. Ambas simplezas se originan en la idea de que el movimiento solo admite una forma de ver las cosas y de que además debe solucionar y pronunciarse frente a todas las coyunturas. Son dos caras de la misma moneda. 

Tal vez son estos estándares los que llevan a la prevención de algunas mujeres públicas a adherirse en voz alta a la causa, porque son imposibles de cumplir. Como la colosal Ángela Merkel, feminista de facto a lo largo de su vida, que tan solo hace un mes, después de 32 años de carrera política, aceptó ante un auditorio tímidamente que lo era.  

Bienvenidos los debates sobre lo que es el feminismo y las diferentes formas de ejercerlo, aunque impliquen la activación del inútil feministómetro. La heterogeneidad de tácticas de lucha nos sirve a todas: también a quienes deben sus carreras políticas al movimiento, pero se niegan a reconocerlo, como María Fernanda Cabal o Cayetana Álvarez de Toledo. 

Que cada mujer elija cómo transita en este mundo de hombres, incluso si se “deja” decir “Anita”. 

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