¿ALÓ? ¿PRESIDENTE?
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Era previsible que nuestro Gobierno, experto en hablar consigo mismo, reaccionara como lo hizo el miércoles pasado ante las recomendaciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). En su más reciente manifestación de autismo gubernamental, y con el tono eufórico pero vacío que caracteriza sus pronunciamientos, el presidente Iván Duque dijo que “nadie puede recomendarle a un país que sea tolerante con hechos de criminalidad”.

Eso no fue, por supuesto, lo que recomendó la CIDH. El informe confirma lo evidente y lo que otros organismos nacionales e internacionales han verificado: la respuesta oficial a la protesta social legítima ha sido excesiva, desproporcionada y letal. La CIDH también dijo, entre otras cosas, que los bloqueos deben soportarse en ciertos casos y en otros no, dependiendo de quiénes los hagan, cómo se hagan y a quiénes afecten.

No sorprenden, entonces, la contundencia y seriedad del informe, y mucho menos, la respuesta del Gobierno: la caja de resonancia desde la que Iván Duque decide sobre la suerte de Colombia es cada vez más preocupante. Y es que este pronunciamiento es solo uno más en la lista de mensajes mediocres que Duque promulga, sin escuchar nada más que el aplausómetro ininterrumpido de sus asesores –que a veces parecerían trabajar, más bien, al servicio de sus contradictores políticos en el diseño de las estrategias de comunicaciones–.

El lunes pasado, Duque protagonizó un nuevo capítulo de su serie de bochornos internacionales rindiéndole un homenaje póstumo a la magistrada estadounidense Ruth Bader Ginsburg en el que se inventó que una de sus grandes causas era la exigencia de los deberes a la ciudadanía. En sus 27 años en la Corte Suprema estadounidense seguramente algo dijo esa institución del derecho al respecto, pero presentarla como una de sus banderas es una demostración de la deshonestidad intelectual del presidente de Colombia. Días antes, en pose de youtuber predicador, dijo que el “estallido de emprendimiento” supera el estallido social.

Estos episodios de desatino se suman al programa “Prevención y acción”, un monólogo interminable y un abuso del espectro electromagnético que maquillaba la propaganda oficial con información sobre la pandemia del coronavirus. El primer día del paro fue el último del presidente/presentador, pues entendió que en ese nuevo escenario la gente sí vería su magazín para reclamar respuestas concretas ante una crisis sobre la que él no tiene nada que decir.

Sin embargo, Iván Duque parece haber sufrido un síndrome de abstinencia de figuración pública, pues reemplazó ese programa con un “noticiero” digital de mediodía, titulado “Casa de Nariño en línea”, que difunde las opiniones del Gobierno en forma de noticia.

Las autoentrevistas en inglés, los esfuerzos infructuosos para desinformar a la comunidad internacional, los múltiples desaciertos en sus estrategias de diplomacia y comunicaciones, su inhabilidad para entender el descontento social y dialogar con la manifestación pública, y el “ciberpatrullaje” de las redes sociales para imponer su posverdad evidencian que el ejecutivo es incapaz de entender la realidad.

Lo más grave de la falta de cálculo político del Gobierno al desestimar las recomendaciones de la CIDH es la irresponsabilidad de exponer al Estado a ser condenado posteriormente por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Con el rechazo de las conclusiones del equipo de expertos liderado por Antonia Urrejola, Duque nos recuerda a Hugo Chávez, que antes de retirar a Venezuela de la OEA se refería a la CIDH como un “nefasto organismo”, y se quejaba de los llamados de atención que recibió por la sofocación de la democracia y la violación sistemática de los derechos humanos en Venezuela. Coincidentemente, él también lo hacía desde un célebre programa de televisión, “Aló presidente”.

Mientras el gobierno persista en su soliloquio despótico, seguirá creciendo el descontento social, la alienación en el escenario internacional y la concentración de poder. Hace poco el crítico y artista Lucas Ospina se preguntaba “¿cómo hace para dormir?”. Yo me pregunto: ¿Nos escucha, presidente? ¿Aló? ¿Presidente?

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